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Historias sencillas · 2026-07-30

El espíritu de la Macuira

No estamos solos.

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El espíritu de la Macuira

No estamos solos.

Federico Ríos

jul 30, 2026

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Azotando el desierto en una Boxer, las motos más guerreras que conozco. Foto: Julián Ríos.

Casi siempre la foto que busco tarda en aparecer. Esta vez tardó un viaje entero. El espíritu que nos acompañó en la Macuira solo se dejó ver al final, cuando ya no lo esperábamos.

De Nazareth a Siapana hay trece kilómetros en el mapa. En la tierra son casi cuatro horas de un camino que no es camino: es un dibujo que solo existe en la cabeza de quien conduce. No hay señales. No hay referencias. Solo dunas, rocas y un sol que doblega hasta a los hombres más recios.

1. Dunas de Aleewolu | 2. Milton Suárez, Wilfredo Epieyu y Leissy Mena, funcionarios de Parques Nacionales Naturales.

Íbamos en caravana, tres toyotas devorando arena. Las camionetas patinaban, bailaban sin control sobre las dunas, y más de una vez pensé que terminaríamos volando fuera del auto, o estrellados contra un árbol solitario en medio de la nada. Nadie decía nada. Se conducía por instinto, o por fe.

En Siapana encontramos algo que no esperaba: cuevas con pinturas rupestres que los wayuu dicen que nadie ha estudiado jamás. No saben su origen. No saben su edad. Son sagradas, intocadas durante siglos, pintadas con un rojo que recuerda al de Chiribiquete, Cerro Azul, el Raudal y Nuevo Tolima. Sin embargo, aquí, en el silencio del desierto, a nadie parece importarle desentrañar el misterio. Me pareció un acto de confianza colectiva: dejar que lo sagrado permanezca sin explicación.

1. Petroglifos en las piedras de Ipanalu’u | 2. Atardecer cerca de Bahía Honda

El camino nos seguía probando. En una subida, la camioneta perdió tracción y murió. Marcelo, el conductor, un guajiro joven que canta vallenatos mientras maneja como si el desierto fuera suyo, intentó encenderla una y otra vez. Nada. Nos bajamos todos, en silencio, y abrimos el capó como quien oficia un ritual para el que desconoce las palabras. Ninguno sabía de mecánica. Mirábamos el motor con la esperanza muda de que la solución apareciera sola. Entonces otro de los conductores, sin decir mucho, escuchó algo que los demás no oímos: un cable de la bomba de combustible, desconectado. Lo arregló en minutos. Volvimos a la ruta como si nada hubiera pasado, como si el desierto solo estuviera probándonos.

La varada en el desierto…

Llevábamos ya varias noches en la Alta Guajira. Días enteros cruzando dunas, montañas, cactus y trupillos, arbustos bajos y espinosos que parecen hechos para herir, bajo un sol que no perdona y ráfagas de viento que se roban los sombreros sin aviso. Subir una duna es una lección de humildad: cada paso se hunde, la arena te devuelve al punto de partida, y avanzas casi nada a cambio de un esfuerzo enorme.

Y entonces, caminando hacia el bosque dentro de la Macuira, lo encontré: Inocencio González, el palabrero mayor, sentado en su chinchorro de colores vivos, como si hubiera estado esperando ahí desde siempre. Me senté frente a él, en un tronco, mientras el resto del equipo grababa.

Me contó que Macuira significa “humo del tabaco”, esa nube que nunca se despega de los tres picos más altos, quieta, eterna, como un centinela. Yo, sin pensarlo, saqué un estuche de tabacos de mi maleta de cámaras y le ofrecí uno. Aceptó. Saqué otro para mí. Y así, fumando, me habló del origen de los wayuu, de las dunas de Aleewolu, “los amigos”, el lugar donde los arhuacos vienen a hacer sus pagamentos espirituales.

Entonces dijo algo que se me quedó grabado: uno nunca fuma solo. “Cuando se fuma el tabaco, vienen los espíritus”.

Y lo sentí. No sabría explicar cómo, pero lo sentí: no estábamos únicamente quienes podíamos vernos unos a otros. Había algo más ahí. Una presencia sin cuerpo, sin nombre, sentada con nosotros.

Esa tarde, Orlando González, de 54 años, uno de los nueve hijos de Inocencio, guardaparques desde hace 29, nos tomó una foto mientras conversábamos. Esa noche, de regreso en Nazareth, se la envió a sus hermanas, solo para compartir el momento.

Una de ellas, Leyda, le respondió de inmediato, alterada. Le dijo que en la foto no había dos personas hablando. Había tres. Y que el tercero podía verse con total claridad.

Al día siguiente, Orlando me lo contó. Yo, escéptico, no entendía de qué hablaba. Insistió: había sido Leyda quien lo vio primero. Me mostró la imagen.

Me quedé frío. Se me erizó la piel. Los ojos se me encharcaron mientras miraba la foto una vez, y otra, y una tercera, buscando desesperadamente una explicación racional que no llegaba.

Ahí estaban Matt en cámara, Cris dirigiendo, Nico en sonido. Frente a ellos, sentados, fumando, el palabrero Inocencio y yo. Y entre los dos, justo entre los dos, una figura con sombrero y camisa de manga corta, fumando también, participando de la conversación.

“Es el espíritu de la Macuira”, me dijo Orlando, sin el menor asombro, como quien constata el clima. “Los estaba acompañando a fumar. Eso aquí es normal, si uno es bienvenido”.

Esa noche me fui a dormir al chinchorro sabiendo que algo me había visto antes de que yo lo viera a él. Al día siguiente nos esperaban ocho horas de desierto hasta Riohacha. Ocho horas para volver a un mundo donde estas cosas, se supone, no pasan.

Historias sencillas es un proyecto independiente. Si quieres apoyarme, considera una suscripción paga. Gracias desde ya.

Sobre este viaje

Estuve en la Guajira por invitación de Tornus y Telecafé. Estábamos grabando un documental sobre el Parque Nacional Natural La Macuira con un equipo maravilloso de personas adorables. Nunca había trabajando con un equipo tan grande, fue una experiencia maravillosa y quiero aprovechar para agradecerles y mencionarlos a todos y dejar sus cuentas en Instagram para que los sigan. Lucho Capera (

@eldela.camara

), Matt Builes (@

mattbuiles

) Thomas Vargas (@

thomasvargash

), Lucho Salamanca (@

lucho.ligths

), Nico Puerto (@

nicopuerto

), Sara Sofía (@

zariueya

), @

lilydelgado0210

Krizia Paulina (@

krizia_____

), Julián Rios (@

julianrios.a

), Cris Roncancio (@

crisdirector

). Todos coordinados y organizados desde @

tornus.agency

.

También quiero aprovechar para agradecer a Parques Nacionales Naturales, en especial a los funcionarios Orlando González y Leissy Mena y a todos los wayuu que nos recibieron y acogieron durante días en el desierto y en La Macuira.

Libro recomendado

Estoy leyendo

El crepúsculo del mundo

, la primer novela de Werner Herzog. Cuenta la historia de Hiroo Onoda, un soldado japonés que resistió solo en la isla de Lubang durante 29 años porque no sabía que la guerra había terminado. Onoda se rindió en 1974.

Gracias por leer y por estar suscritos a este newsletter.

Abrazos desde algún lugar del camino.

Federico

Historias sencillas es editado por mi colega y amigo Jorge Caraballo Cordovez, de

afueradentro

.

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