Se llama Melisa.
Nació justo un mes después del terremoto en Colombia.
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Se llama Melisa.
Nació justo un mes después del terremoto en Colombia.
Federico Ríos
sep 11, 2026
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Melisa Sintua Nequito, recién nacida en Dos Quebradas.
Dos Quebradas no aparece en casi ningún mapa. Es una comunidad indígena Embera Katío en la región del Alto Andágueda, en el Chocó, adentro de la selva, al lado de un río, lejos de todo a lo que le llamamos civilización.
Las mujeres usan vestidos que hacen a mano y collares con pepitas de colores vivos que tejen entre madres y abuelas. Los niños corren descalzos y a veces desnudos. No hay tiendas, no hay dinero que circule, no hay trabajo asalariado. La comunidad come lo que cultiva y lo que pesca. Antes del terremoto ya era una vida precaria, al filo de las dificultades, construida sobre lo justo, sostenida por la selva y por siglos de conocimiento de cómo vivir en ella.
Dos Quebradas, Comunidad indigena Embera Katio en el Alto Andágueda, Chocó.
El terremoto no fue igual para todos. Los afectados fueron miles, pero como siempre, fue peor para los más pobres, los que viven en lugares más remotos, en las casas más frágiles de los lugares más vulnerables y periféricos. Familias que llevaban generaciones sosteniéndose con lo que tenían y que en treinta segundos vieron desaparecer frente a sus ojos lo que habían tardado toda una vida en construir.
La madre de Eliza junto a la cama en la que está su hija y con un bebe amarrado en la espalda
.
Eliza Nequito Murri tenía 17 años y casi ocho meses de embarazo cuando la tierra tembló. Eran pasadas las 7 de la mañana. El techo de su casa se vino abajo y una viga de madera cayó sobre su pierna. La comunidad la sacó de los escombros y la llevó a una cama. Estaba viva. Pero no podía caminar y no sabía nada de su bebé. Eliza no habla español. Nunca había recibido control prenatal. Desde Dos Quebradas hasta la carretera más cercana hay dos días de camino a pie por la selva y en su condición ese camino era imposible.
En Dos Quebradas casi todos caminan descalzos.
Eliza Nequito en cama con su pierna herida y 8 meses de embarazo.
Cuando
Orlando Andrés Cabeza,
el director comercial de Helistar, una compañía privada de aviación colombiana, dimensionó la magnitud del terremoto, dispuso de un helicóptero medicalizado para evacuar víctimas en lugares tan remotos que no podían llegar a ningún centro de salud por sus propios medios. Lo hicieron de manera completamente gratuita como un gesto de solidaridad y ayuda.
Los pilotos, el capitán del helicóptero, Eduardo Namen, un veterano retirado de la Armada y el Capitan Samuel Torres, retirado de la policia, se ponían su overall azul, ajustaban los cascos y piloteaban entre montañas, por debajo de las nubes o en medio de la lluvia, metiéndose en cañones estrechos y difíciles, haciendo aterrizajes que parecen escenas de Misión Imposible. En cada vuelo de entrada llevaban mercados y suministros médicos y en cada vuelo de salida llevaban pacientes al hospital de Quibdó.
Capitán Eduardo Name y Capitán Samuel Torres volando el helicóptero en las montañas
Para llegar, los pilotos tenían las coordenadas del lugar y habían acordado siempre algún método que les permitiera identificar el sitio: una bandera de un color, un trapo, o una fogata con mucho humo para indicar la dirección y la velocidad del viento. Así que los pilotos volaban bajo, acariciando las copas de los árboles entre la selva verde interminable, hasta que divisaban un pequeño caserío con la señal acordada y aterrizaban allí.
Indígenas de la comunidad de Dos Quebradas viendo el operativo de rescate de una persona de su comunidad.
Después de aterrizar, la doctora Adriana Valero, médica del equipo de rescate, corrió entre las personas y revisó a Eliza sobre el suelo de una casa de tablas, bajo la mirada silenciosa de toda la comunidad. Una vez aprobó el traslado, la Guardia Indígena la sacó en una camilla naranja hasta la pequeña cancha de fútbol que hacía las veces de helipuerto.
Guardia indígena trasladando a Eliza hacia el helicóptero.
Mientras el helicóptero despegaba, Eliza tenía los ojos abiertos e intranquilos en la camilla. La doctora y la paramédico revisaban sus signos vitales y pudieron detectar el latido del feto. Su esposo Aleister Sintua, sentado junto a la ventanilla, no despegaba los ojos del paisaje mientras frotaba ansiosamente sus manos. Era la primera vez que volaba en un helicóptero y tenía miedo, pero también alegría y esperanza de que su esposa y su bebé recibieran ayuda cuando la ayuda parecía imposible.
Doctora Adriana Valero escuchando los latidos del corazón del bebé de Eliza.
En el hospital de Quibdó le atendieron la pierna y le hicieron control prenatal por primera vez. El bebé estaba bien. Aleister, sin dinero, tuvo que dormir varias noches sobre un cartón en el piso de la sala de espera del hospital, aguardando noticias de su esposa y su bebé.
Aleister Sintua tuvo que dormir en unos cartones en el piso de la sala de espera varias noches esperando noticias sobre la salud de su esposa y su bebe.
Casi un mes después, ya de vuelta en la comunidad, Eliza dio a luz.
La niña se llama Melisa. Melisa Sintua Nequito. Vive ahora en casa de un vecino junto a sus padres porque la suya quedó destruida. Solo las tejas para reconstruirla cuestan dos millones y medio de pesos (unos 850 dólares), una cifra impensable para una familia que no maneja dinero, que come lo que la selva da, que mide la riqueza en otras cosas que no tienen precio. Una familia que ahora tampoco tiene techo.
Melisa, la bebé, no sabe nada de esto todavía. Solo sabe del calor de su madre, del sonido arrullador de la selva y los colores del collar que su madre usa. Todo lo que el terremoto no se pudo llevar.
Un mes es poco para saber cómo termina esta historia. Pero es suficiente para saber cómo empieza la siguiente: lentamente, dolorosamente, con la gente recogiendo lo que queda y empezando otra vez desde donde pueden, que es casi siempre desde cero.
La reconstrucción no aparece en los titulares porque es lenta y silenciosa.
No nos olvidemos del Chocó, no nos olvidemos de los que siempre quedan de últimos.
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RECOMENDACIONES
Un fotografo
Gaby Ora, una fotógrafa venezolana joven que ha estado cubriendo y fotografiando su país de cabo a rabo, desde las protestas en Caracas, las apariciones fugaces de Maria Corina Machado, la liberación de caimanes en los llanos venezolanos y la luna llena detrás de los escombros de los edificios de La Guaira después del terremoto.
Un libro
El Precio de la Tierra
. Un fotolibro increíble del italiano Alessandro Cinque, con la secuencia y edición de Sarah Leen, diseñado y publicado por Santiago Escobar-Jaramillo desde Raya Editorial y que pueden conseguir en este link:
Una serie
Cien Años de Soledad, dirigida principalmente por Laura Mora. Una obra maravillosa y cautivadora, con un trabajo minucioso y detallado para llevar a la pantalla una de las más grandes obras de la literatura latinoamericana. Asombrosa.
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Federico
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