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Historias sencillas · 2026-10-08

TRANSPUTAMIERDA

Diario de viaje a un rincón remoto de Colombia.

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TRANSPUTAMIERDA

Diario de viaje a un rincón remoto de Colombia.

Federico Ríos

oct 08, 2026

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Con frecuencia me pregunto si lo de mis fotos es un fin o apenas una excusa para estar siempre de viaje, en movimiento; entonces quise hacer este relato de un día de viaje para compartirlo con ustedes a manera de anecdotario.

En esta carretera, como en muchas otras del país, está prohibido viajar con los vidrios arriba; si va en moto, es prohibido usar casco o llevar pasamontañas. Aquí las normas de tránsito son estrictas: muchas reglas para un lugar tan remoto.

En una asignación de trabajo para NYTimes tenía que hacer un viaje a un lugar remoto; después, cuando esté publicado el artículo, les cuento los detalles, pero por ahora solo voy a hablar del viaje.

Había aterrizado temprano en el pueblo que era mi punto de partida, entonces me fui a caminar por las calles, vagando y viendo, y me encontré con un festival de joropo. Entré y qué sorpresa cuando vi a estos niños bailando alegres música llanera en vivo: un espectáculo maravilloso de una tradición folclórica que me llega al alma y me emociona.

El destino del siguiente día era lejano, entonces había que madrugar mucho: debíamos salir hacia las 4:00 a. m., y empecé por poner el despertador a las 3:30 a. m.; con eso, en 30 minutos tendría tiempo suficiente para darme una ducha rápida y tomar un café para despertar antes del viaje.

Checklist previaje

La noche anterior había organizado todo lo que iba en mi maleta. Un pequeño ritual de cada noche antes del viaje consiste en alistar el equipo y cargar todos los dispositivos, un checklist previaje más o menos así:

Baterías de cámaras, cargadas

Baterías del dron, cargadas

Control del dron, cargado

Power bank, cargado

Celulares, cargados

GPS, cargado

Teléfono satelital, cargado

GoPro, cargada

Computador, cargado

Audífonos, cargados

Reloj, cargado

Y además hay otro checklist de pequeños elementos que me hacen la vida más fácil en el terreno:

Libro

Sombrero

Chaqueta impermeable

Bloqueador solar

Barras de proteína para el hambre

Algo de hidratación para el camino

Botas de caucho

Tabacos

Encendedor

Y siempre, aunque con miedo de tener que usarlo, pero con la esperanza de cargarlo y nunca necesitarlo, un torniquete de combate en caso de pisar una mina antipersonal o de sufrir una herida contundente en una extremidad.

Todo eso va en una pequeña maleta de hombro, a la que llamo Lali, de apellido Vianita. Unos 10 a 12 kilos de equipo. Escribí sobre Lali cuando jubilé la anterior, y gracias a Caro Holguín hoy uso otra, negra, el mismo modelo Domke F2 de hombro. [

Acá mi despedida a la primera Lali

]

Pero volvamos al viaje

A las 4:00 a. m. en punto me subí en la camioneta. El conductor, William, un tipo bonachón y alegre, tenía ya el vallenato a todo volumen. Paramos a tanquear, recogimos otros pasajeros y salimos del pueblo. No habían pasado 15 minutos y ya el pavimento se había acabado y rodamos sobre una trocha de tierra naranja, por debajo de un bosque espeso. Todavía era de noche y en la carretera no había ni un alma. Las casas de los lados del camino, que aparecían de tanto en tanto, ni siquiera tenían luces prendidas. La selva y la gente que la habita dormían todavía.

Primera caída.

Andábamos alegres, conversando y tarareando los vallenatos y los corridos del radio. Ya eran pasadas las 5:00 a. m. y estábamos a punto de llegar a uno de los pueblos en los que esperábamos encontrar por lo menos un café, cuando de repente, en un pequeño puente de madera, había un camión que se había caído: la parte de atrás del camión estaba entre el hueco y la cabina había quedado sobre el puente, que era demasiado estrecho como para que hubiéramos pasado. Imposible, no había forma. Aquí no hay señal, no hay Waze ni Google Maps, y las carreteras no aparecen tampoco en los mapas que funcionan offline.

Frustrados, tuvimos que tomar la carretera hacia atrás buscando un desvío. Encontramos una ruta alterna, otra trocha que rodeaba y llegaba al mismo pueblo al que nos dirigíamos, pero ese desvío nos tomó más de una hora; ya íbamos muy tarde.

Segunda caída.

Llegamos al primer pueblo, nos bajamos por un café y, al regresar a la camioneta, la llanta trasera derecha estaba en el piso. William sacó un pequeño compresor y la infló de nuevo. Continuamos nuestro viaje.

Las trochas de los Llanos y la Amazonía se recorren rápidamente por carreteras de tierra que se extienden en rectas infinitas por las que se divisa todo el horizonte; el sol sube despacio y cálido, llenando todo de luz en cuestión de minutos.

En esta zona la mayoría de los campesinos tiene vacas lecheras, entonces se han organizado en pequeñas cooperativas, pero las fincas son lejanas una de la otra. Hace años, llevar la leche se hacía en caballo o en mula; después hubo camiones pequeños que recogían finca a finca la leche producida cada mañana, y ahora se hace en moto, más económico y más rápido. Las motos serpentean por los caminos cargadas de litros y litros de leche recién ordeñada en bidones de plástico, amarrados a la moto en contra de cualquier norma de seguridad vial: motociclistas kamikazes recorren el lugar y llevan la leche por trocha a las cooperativas.

La selva siempre ofrece espectáculos maravillosos: dos guacamayas rojas posadas en un árbol ofrecían una visión espectacular; en una curva del camino se atravesó saltando la carretera lo que parecía ser un ocelote, pero pasó demasiado rápido y no conseguí fotografiarlo; en otro viaje similar, un águila arpía se posó en la copa de un árbol cercano. El paraíso.

Estas lejanías no son para cualquiera: solo los conductores más experimentados viajan en estos lugares, que podrían ser el sueño de los moteros que aman el off-road o de los propietarios de vehículos 4x4 que arman expediciones de rally para medir sus habilidades pilotando sus máquinas entre el fango. Sin embargo, aquí esta es la vida cotidiana y nadie presume ni celebra por pasar un charco de lodo en su moto. Nadie escribe en sus redes sociales que está domando las carreteras más difíciles, porque no solo las doman todos los días: ellos mismos las construyeron.

Las vías rurales del sur no las administra el Estado: las mantienen y arreglan las juntas de acción comunal de comunidades rurales, que desde sus organizaciones sociales hacen el trabajo. Entonces, cada tanto hay una cuerda o una cadena que atraviesa la carretera y hay que pagar un peaje, una contribución “voluntaria” para el mantenimiento de la trocha. El precio oscila dependiendo de la zona: hay unos desde $2.000 hasta otros costosísimos de $25.000.

En este lugar se vuelve difuso lo que es el Estado y las reglas cambian: a veces son del Estado, a veces de la comunidad; otras veces nadie sabe quién las impone, pero todos saben quién las hace cumplir.

La vía de la infamia de la deforestación.

Ya íbamos muy lejos, horas y horas de carretera, hasta que llegamos a lo que en los mapas aparece como la “vía de la infamia de la deforestación”, una carretera solitaria, perdida en el mapa, en la que a ambos lados se ve cómo las motosierras y las quemas se van comiendo la selva. Tumbas de monte en todas las direcciones, potreros abiertos a punta de hacha y machete para poner vacas.

Llegamos al lugar de destino, hice mi trabajo periodístico: reportería, fotos, conversaciones difíciles, lágrimas, por supuesto, del entrevistado y del entrevistador, y después de un tinto, cuando todo estuvo listo, regresamos por la misma vía por la que habíamos entrado.

El tigre mariposo

Una piel de jaguar colgaba de una pared, mugrosa y casi olvidada, junto a un sombrero y unas gafas de trabajo para guadañar o talar con motosierra.

La familia era pobre. Sus ropas estaban más viejas que la piel que exhibían como trofeo, y las maderas de la casa, podridas y frágiles, me obligaban a caminar con cuidado para no romper una tabla del piso mientras hacía la foto.

En el fogón de leña de la cocina hervía una olleta con tinto. No había energía eléctrica ni nevera. En los rostros de las dos niñas que jugaban cerca se veía el hambre.

Había sido un jaguar enorme, varios kilos de belleza y letalidad combinadas, que caminaba por donde la selva se entreteje con las carreteras, hasta que tuvo la mala suerte de toparse con un campesino cazador.

La piel camuflada del tigre mariposo llevaba años allí, expuesta a la mirada indolente de los transeúntes, que seguramente eran pocos, porque casi nadie pasa por este lugar.

La bandera y la paz

En medio de la ruta apareció una escuela, como un oasis de esperanza. Pensaba en un lugar de conocimiento, de compartir, en un lugar seguro para los niños, pero encima de la escuela ondeaban, como una metáfora de la tragedia, los despojos de dos banderas, hechos harapos, azotados por el viento y desteñidos por el sol. Las ruinas de lo que en algún momento fueron las banderas de Colombia y de la paz: ya no quedaba casi nada de ninguna de las dos banderas, tampoco de lo que ellas representan.

Las Morras

Continuamos la ruta y nos detuvimos en Las Morras, una casa pequeña con piso de tierra que funciona a la vez como tienda para la comunidad, parada para los escasos viajeros que cruzan por allí y como billar para la comunidad, que a veces se reúne en las noches. En la pared, desteñida por el sol y por el paso del tiempo, estaban en un cartel las reglas de convivencia de Las Morras.

Tercera caída

Ya estaba empezando a caer la tarde; viajamos cansados, llenos de polvo en la cara y el pelo. En esta zona está prohibido viajar con las ventanillas arriba, y después de más de 12 horas de viaje empezábamos a cabecear somnolientos.

Hubo un traquido, seguido de un sonido metálico. Nos detuvimos. William, el conductor, me miró y me dijo: “Nos varamos”. Estábamos en medio de la nada con nada. Imposible soñar con un taller o un mecánico; por otro lado, esperar a que alguien pasara por allí para auxiliarnos podría tomar varios días, porque es una carretera en la que no circula casi nadie.

William quitó el tapete de caucho que va debajo de los pedales del conductor, lo puso en el piso y lo usó para acostarse sobre él mientras revisaba debajo de la camioneta. Sacó la cabeza de allí y me dio el resultado de su evaluación: “Se dañó la cruceta del cardán”. Pero William no era un novato: después de años de trochas remotas, cargaba un bolso lleno de herramientas y tenía conocimientos avanzados de mecánica, entonces me dijo que había solución. Solo iba a quitar el cardán, podríamos continuar el viaje con la doble. Así la camioneta tendría solo tracción delantera; no había problema, porque el camino, aunque de tierra, era mayormente plano y no había llovido.

Nos tomó casi una hora que William hiciera el trabajo mecánico mientras sudaba a mares debajo de la camioneta. Yo estaba parado al lado, enormemente inútil; mi colaboración consistía en que le pasaba una llave que me pedía o ponía el auto en neutro o en cambio según sus instrucciones.

Listo: le había quitado el cardán y, para mi sorpresa, la camioneta estaba lista para seguir recorriendo la trocha de regreso a nuestro destino.

Mientras William sudaba y hacía el trabajo mecánico, aparecieron cerca de allí, en la copa de un árbol, dos tucanes juguetones con las últimas luces del día. Yo estaba fascinado viendo las aves.

Continuamos el camino y, mientras oscurecía, William, sudando y mugriento, subió aún más el volumen de la radio, en la que puso canciones que llamaron mi atención por el contenido de la letra. Decía una: “Nací en el sur y mi techo han sido las montañas”, y continuaba más adelante: “La sociedad me llama guerrillero porque vivo en el campo y no temo”… No comenté sobre la canción, pero todos parecían conocerla.

Casi no la encuentro en Spotify

.

De repente, un trancón: tres campesinos en sus caballos arreaban unas vacas por la carretera. Atardecía y, aunque con prisa, debíamos manejar cuidadosamente para no lastimar a los animales ni espantarlos.

Cuarta caída

Se hizo de noche, bajó la música y se refrescó el clima. Paramos por otro café y comimos empanadas en una vitrina de vidrio de un pueblo pequeño. Continuamos nuestra ruta y, cuando ya estábamos a unos escasos 35 kilómetros del pueblo, sentimos un crujido. William me miró desconcertado. “¿Qué fue eso?”, le pregunté, y movió la cabeza negando. “No sé”, me dijo con angustia, pero continuamos la marcha. A los pocos segundos crujió de nuevo, y una vez más, y se detuvo por completo. Con el auto detenido, nos inundó el olor a caucho quemado. La transmisión delantera también se había dañado y el auto no se movía más.

Estábamos solos, casi a medianoche, en una vía por la que no pasa nadie. Sin señal. Me bajé del auto preocupado; William intentó revisar, pero no había nada que pudiéramos hacer, hasta que, en un instante, William consiguió conectar una llamada y pedir auxilio. “Ya voy para allá a remolcarlos”, le dijo el amigo al otro lado de la línea, en altavoz, y esa frase era toda nuestra esperanza.

Nos quedamos ahí. La noche de la selva no es una noche silenciosa: las ranas, los insectos, el viento que mueve las copas de los árboles que susurran; la noche suena, un sonido que llena el ambiente. No había nubes y las estrellas se veían brillantes. Hice una foto rápida con mi celular y quedé impresionado: miles y miles de estrellas brillaban sobre nosotros en una noche tibia y solitaria. Todos estábamos en silencio, como si fuera un concierto en el que permanecíamos inmóviles oyendo la selva.

Llegó el rescate. No había más que hacer sino jalar la camioneta: la amarraron, abordamos de nuevo y así, pasada la medianoche, remolcados por otro, llegamos a nuestro destino. Caí derrumbado en la cama, exhausto después de un día de trabajo de 21 horas. El calor, la humedad y la trocha me habían dado una pela. Tenía que dormir lo que pudiera, porque al siguiente día habría que editar, enviar el material y volar de regreso. Tenía el cuerpo lleno de picaduras; un poco de Vick VapoRub para aliviar la picazón y caí profundo.

El regreso

Al día siguiente, en la pista del aeropuerto estaba este Antonov 26B de Amazon Air. No era mi vuelo, pero me fasciné con la idea de que podría serlo y continuar allí otro viaje a algún rincón remoto y ojalá desconocido de la geografía nacional.

Transputamierda

Y esto es la transputamierda, lugares que conjugan ser a la vez un sueño y una pesadilla, rincones remotos que doblegan a los más fuertes y en los que las comunidades se hacen la vida cotidiana en medio de las adversidades.

Salí de ahí, tomé un vuelo a casa, cambié la maleta y al día siguiente, a las 6 de la mañana, iba rumbo al aeropuerto para mi siguiente viaje. Desde el avión escribo para ustedes sobre mi viaje de ayer. Habría querido llevarlos, pero prefiero viajar solo y escribirles para compartir con ustedes la cotidianidad de ese trabajo en el que, insisto, me quedan dudas sobre si mi hacer es tomar fotos o solo andar vagando en los rincones remotos.

NOTA:

Por ningún motivo cambiaría mi cotidianidad viajando y fotografiando por un trabajo de escritorio.

Recomendaciones

Un libro:

El valle del olvido

, de Jennie Erin Smith.

Un libro maravilloso de periodismo y ciencia, fascinante tanto en el relato como en la dimensión científica del estudio del alzhéimer y las familias.

Una película:

Volví a ver Matrix, la primera, y en estos viajes siempre pienso en que Colombia, o tal vez Latinoamérica entera, vive en varios tiempos a la vez: hay gente conectada a su universo virtual, que solo usan dinero plástico y piden los productos por internet, que se relacionan desde un computador, y a la vez, campesinos que cocinan en leña y que viven sin energía eléctrica ni comunicaciones.

Una fotógrafa:

Nathalia Angarita

, gran fotógrafa. Es una mujer joven y llena de talento, ha ganado recientemente premios como el Leica Society Award y ganó un cupo para participar en el Joop Swart Masterclass de World Press Photo.

Gracias por leer este newsletter y acompañarme, de alguna manera, a lo remoto.

Abrazos.

Federico.

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